“Quiero hablar con
las últimas estrellas
ahora, elevado en
este monte humano,
solo estoy con la
noche compañera
y un corazón gastado
por los años:
Llegué de lejos a
estas soledades,
tengo derecho al
sueño soberano,
a descansar con los
ojos abiertos
entre los ojos de los
fatigados,
y mientras duerme el
hombre con su tribu,
cuando todos los ojos
se cerraron,
los pueblos
sumergidos de la noche,
el cielo de rosales
estrellados,
dejo que el tiempo
corra por mi cara
como aire oscuro o
corazón mojado
y veo lo que viene y
lo que nace,
los dolores que
fueron derrotados,
las pobres esperanzas
de mi pueblo:
los niños en la
escuela con zapatos,
el pan y la justicia
repartiéndose
como el sol se
reparte en el verano.
Veo la sencillez
desarrollada,
la pureza del hombre
con su arado
y entre la
agricultura voy y vuelvo
sin encontrar
inmensos hacendados.
Es tan fácil la luz y
no se hallaba:
el amor parecía tan
lejano:
estuvo siempre cerca
la razón:
nosotros éramos los
extraviados
y ya creíamos en un
mundo triste
lleno de emperadores
y soldados
cuando se vio de
pronto que se fueron
para siempre los
crueles y los malos
y todo el mundo se
quedó tranquilo
en su casa, en la
calle, trabajando.
Y ahora ya se sabe
que no es bueno
para siempre los
crueles y los malos
y todo el mundo se
quedó tranquilo
en su casa, en la
calle, trabajando.
Y ahora ya se sabe
que no es bueno
que esté la tierra en
unas pocas manos,
que no hay necesidad
de andar corriendo
entre gobernadores y
juzgados.
Qué sencilla es la
paz y qué difícil
embestirse con
piedras y palos
todos los días y
todas las noches,
como si ya no
fuéramos cristianos.
Alta es la noche y
pura como piedra
y con su frío toca mi
costado
como diciéndome que
duerma pronto,
que ya están mis
trabajos terminados.
Pero tengo que hablar
con las estrellas,
hablar en un idioma
oscuro y claro
y con la noche misma
conversar
con sencillez como
hermana y hermano.
Me envuelve con
fragancia poderosa
y me toca la noche
con sus manos:
me doy cuenta que soy
aquel nocturno
que dejé atrás en el
tiempo lejano
cuando la primavera
estudiantil
palpitaba en mi traje
provinciano.
Todo el amor de aquel
tiempo perdido,
el dolor de un aroma
arrebatado,
el color de una calle
con cenizas,
el cielo inextinguible
de unas manos!
Y luego aquellos
climas devorantes
donde mi corazón fue
devorado,
los navíos que huían
sin destino,
los países oscuros o
delgados,
aquella fiebre que
tuve en Birmania
y aquel amor que fue
crucificado.
Soy sólo un hombre y
llevo mis castigos
como cualquier mortal
apesarado
de amar, amar, amar
sin que lo amaran
y de no amar habiendo
sido amado.
Y surgen las cenizas
de una noche,
cerca del mar, en un
río sagrado,
y un cadáver oscuro
de mujer
ardiendo en un
brasero abandonado:
el Irrawadhy desde la
espesura
mueve sus aguas y su
luz de escualo.
Los pescadores de
Ceylán que alzaban
conmigo todo el mar y
sus pescados
y las redes
chorreando milagrosos
peces de terciopelo
colorado
mientras los
elefantes esperaban
a que les diera un
fruto con mis manos.
Ay cuánto tiempo es
el que en mis mejillas
se acumuló como un
reloj opaco
que acarrea en su
frágil movimiento
un hilo
interminablemente largo
que comienza con un
niño que llora
y acaba en un viajero
con un saco!
Después llegó la
guerra y sus dolores
y me tocan los ojos y
me buscan
en la noche los
muertos españoles,
los busco y no me ven
y sin embargo
veo sus apagados
resplandores:
Don Antonio morir sin
esperanza,
Miguel Hernández
muerto en sus prisiones
y el pobre Federico
asesinado
por los medioevales
malhechores
por la caterva infiel
de los Paneros:
los asesinos de los
ruiseñores.
Ay tanta y tanta
sombra y tanta sangre
me llaman esta noche
por mi nombre:
ahora me tocan con
las alas heladas
y me señalan su
martirio enorme:
nadie los ha vengado,
y me lo piden.
Y sólo mi ternura los
conoce.
Ay cuánta noche cabe
en una noche
sin desbordar esta
celeste copa,
suena el silencio de
las lejanías
como una inaccesible
caracola
y caen en mis manos
las estrellas
llenas aún de música
y de sombra.
En este espacio el
tumultuoso peso
de mi vida no vence
ni solloza
y despido al dolor
que me visita
como si despidiera a
una paloma:
si hay cuentas que
sacar hay que sacarlas
con lo que va a venir
y que se asoma,
con la felicidad de
todo el mundo
y no con lo que el
tiempo desmorona.
Y aquí en el cielo de
Sierra Maestra
yo sólo alcanzo a
saludar la aurora
porque se me hizo
tarde en mis quehaceres,
se me pasó la vida en
tantas cosas,
que dejo mis trabajos
a otras manos
y mi canción la
cantará otra boca.
Porque así se
encadena la jornada
y floreciendo seguirá
la rosa.
No se detiene el
hombre en su camino:
otro toma las armas
misteriosas;
no tiene fin la
primavera humana,
del invierno salió la
mariposa
y era mucho más
frágil que una flor
por eso su belleza no
reposa
y se mueven sus alas
de color
con una matemática
radiosa.
Y un hombre construyó
solo una puerta
y no sacó del mar
sino una gota
hasta que de una vida
hasta otra vida
levantaremos la
ciudad dichosa
con los brazos de los
que ya no viven
y con manos que no
han nacido ahora.
Es ésa la unidad que
alcanzaremos:
la luz organizada por
la sombra,
por la continuidad de
los deseos
y el tiempo que
camina por las horas
hasta que ya todos
estén contentos.
Y así comienza una
vez más la Historia.
Y así pues, en lo
alto de estos montes,
lejos de Chile y de
sus cordilleras
recibo mi pasado en
una copa
y la levanto por la
tierra entera,
y aunque mi patria
circule en mi sangre
sin que nunca se
apague su carrera
en esta hora mi razón
nocturna
señala en Cuba la
común bandera
del hemisferio oscuro
que esperaba
por fin una victoria
verdadera.
La dejo en esta
cumbre custodiada,
alta, ondeando sobre
las praderas
indicando a los
pueblos agobiados
la dignidad nacida en
la pelea:
Cuba es un mástil
claro que divisan
a través del espacio
y las tinieblas,
es como un árbol que
nació en el centro
del mar Caribe y sus
antiguas penas:
su follaje se ve de
todas partes
y sus semillas van
bajo la tierra,
elevando en la
América sombría
el edificio de la
primavera.”
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[Poema de Pablo Neruda. Imagen propia protegida con
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