Otra yo




Me he dado cuenta de que soy otra yo. Esto dicho así sin más parece una gilipollez, pero voy a intentar explicarme. 

Cuando estaba en mi peor momento de ansiedad, una amiga me dijo que cuando te sientes sola, es bueno pensar en lo que haría en este momento tu yo de hace unos años. Por ejemplo tu yo de niña. Esa dulce niña que solo veía bondad en la gente, que adoraba a la naturaleza por encima de todo, que soñaba con la paz mundial, que se ilusionaba con una intensidad casi extinta, que imaginaba a su alrededor todo un mundo de ninfas entre otros seres mitológicos, esa niña que se bastaba por sí sola sin aburrirse pasando horas jugando, que disfrutaba del momento presente sin importar el pasado ni el futuro, esa niña que le daba miedo todo y llenaba su cama de peluches para prepararse para la gran aventura que era dormir sola sin ser devorada por un monstruo, la que siempre sonreía..

Meditando, me di cuenta que cuando mi yo de niña me visitaba en mi mente para hacer compañía en mis largos días de soledad y dolor, venía acompañada de otra yo. Mi yo adolescente. Esa chica que de repente no tenía miedo a nada y se enfrentaba a lo que fuese, que dejó de soñar un mundo mejor para intentar llevar sus ideales a la práctica, que incluso siendo introvertida había logrado conocer a mucha gente (que le iría acompañando, yendo y viniendo, en su vida, aunque ella todavía no lo sabía), que de repente se había cansado de ser buena y tonta para comenzar a ser valiente, que descubrió que amaba la poesía cuando la conoció de verdad, que comenzaba a aprender a tocar el piano (sin saber tampoco que, junto con la poesía, se acabaría convirtiendo en su vía de escape), que desobedecía y causaba malestar a su familia sin darse cuenta (porque en ese momento debía de ser egoísta para salir adelante de ciertos traumas de los que no hubiese podido salir de otra forma), que se empezaba a enamorar y sufrir los vaivenes de esta emoción tan compleja, que comenzaba a fumar y beber, que dejó de lado la fantasía para hacerse fuerte, que descubrió que hacer estiramientos era su momento favorito del día, que aprendía que no te puedes fiar de todo el mundo.. pero sobre todo, que aprendió a base de golpes que la vida no es un cuento, que duele, que a veces nos daña de por vida.

Y allí estaba mi yo de ese momento junto a las otras dos. Mi yo más rota, la que había intentado aguantar demadiados temporales hasta que el viento la echó al suelo y arrastró varios metros, la que dejó de creer en el amor, la que conocía muy bien la fragilidad de la vida y lo que pesan las pérdidas año tras año, la que sentía que nadie estaba ahí de verdad, la que abrazó la soledad como no resistencia, la perdida.. ahí estaba yo delante de mi yo adolescente y mi yo niña. Era realmente reconfortante imaginarlas de verdad en aquella oscura habitación que era mi propia cárcel. Veía a la niña ilusionada por conocer cómo sería de mayor, lo largo que llevaba ahora el pelo, lo orgullosa que estaba de haber mantenido unos ideales fuertes de igualdad y respeto, de que ahora tocase la guitarra y el piano, que hubiese viajado, que había aprendido a amar la lectura cuando de pequeña lo odiaba. Feliz, dando vueltas por el cuarto, viendo todas las nuevas cosas que tenía en él, la cantidad de recuerdos maravillosos que guardaba en mi interior. Veía a la adolescente, impasible al final de la cama, mirando a la niña y a mí y pensando cómo había podido cambiar tanto, respirando aliviada porque siguiese con la causa que la niña sembró y ella comenzó, con cierto gesto de aprobación porque ahora leyese más y tocase también la guitarra. Pero también me miraba decepcionada, y señalando a la niña dijo "cómo has dejado que nos pasase esto? Cómo nos has descuidado tanto?". La niña se giró, y corrió a los pies de mi cama, y con su sonrisa tan característica me dijo "has olvidado la ilusión en un cajón, pero es la llave de todo". A lo que añadió la adolescente "tienes que tomarte la vida menos en serio". Así fue como comencé a ilusionarme por pequeñas cosas. Comencé alguna colección, retomé alguna de la infancia, cree este blog entre otras cosas, y empecé a leer mucho más. Poco a poco, retomé antiguos aspectos de mi personalidad que había olvidado, que había dejado atrás para dedicarme a lxs demás en lugar de cuidarme yo. Y fue algo mágico. De repente, mi cuerpo gris comenzaba a adquirir una gama de colores cada vez más intensos y saturados. Cuando todo se volvía negro cual noche sin luna, volvía a imaginar a mis otras yo, y mantenía conversaciones con ellas como si de verdad estuviese hablando con la persona que era en ese momento. Dicho así puede parecer una locura, pero de verás era reconfortante y me ayudaba a conectar de nuevo conmigo.

Fue pasando el tiempo, y aquella yo rota cogió sus pedazos y se fue a por pegamento. Poco a poco, comenzó a construir todo lo que una vez se rompió en ella, poniendo una buena capa de pegamento para hacer la unión más fuerte, sólida y duradera. Lo curioso de caminar hacia delante, es que llega un momento que obvias que estás caminando, avanzando, y no es hasta que te detienes y miras dónde estás que ves todo lo recorrido. Hoy, después de mucho, he vuelto a imaginar a la niña y a la adolescente, pero había una tercera yo con ellas... Mi yo rota. Justo en ese momento me he percatado de que era otra yo. La niña me miraba feliz de haber logrado recuperado la ilustración. La adolescente miraba orgullosa de ver que había podido con todo lo que ni siquiera ella pudo en su momento. Y orgullosa también porque ahora toco un instrumento más, la batería. Y mi yo rota me miraba desde una esquina, de espaldas, girando la cabeza agachada, con aire de alivio. Alivio de ver que se puede salir del infierno, alivio de ver lo fuerte que era ahora, de ver que era capaz de tantas cosas que ella creía imposibles, de que ahora devorarse libros y fuese un poquito más culta que entonces, de que ya no le importaba tanto que la gente fuese cruel porque había aprendido a no hacerse ilusiones ni crear espectativas para que lo llamativo fuese cruzarse con buenas personas sin importar todas las malas que esquivaba. Alivio de ver en general que no solo seguía aquí cuando ella lo dio todo por perdido, sino que había cogido los traumas y dolores, me los había comido, cagado, y aprendido a vivir a pesar de todo.. y con una sonrisa, como me enseñó la niña.

He pasado por muchas cosas en mi relativamente corta vida, muchas de ellas terribles, pero creo que esos tres periodos (más el actual) son los más representativos. Mi yo niña, mi yo adolescente, mi yo rota, y mi yo actual. No sé cuántas más van a aparecer cuando esté en mi lecho de muerte,  espero que ya en la vejez, pero ahora soy consciente de las distintas etapas de mi vida, de mi evolución, y de que soy una persona completamente distinta a hace dos años. Que me queda mucho, muchísimo, por aprender, pero sin olvidar que me ha costado mucha sangre aprender lo que sé hoy en día y que es importante que me lo recuerde. Para no volver a sentirme la última mierda del mundo, sino una persona más que sigue con su vida como cualquier otra.

Si te gustó, echa un vistazo a estas otras reflexiones:


[Texto e imagen propias protegidas con derechos. Cualquier copia sin autorización se considerará un delito. Si ves estas imágenes en otras personas, te ruego te pongas en contacto conmigo. ¡Muchas gracias!]

Comentarios