- ¡Déjale entrar!
- ¡No!
Un diálogo constante. Una voz de la experiencia que grita que deje pasar a ese ser. Una voz infantil y llena de miedo que se niega en rotundo cerrando muy fuerte los ojos. Un ser, monstruoso, que eriza la piel, acelera el corazón, que hace temblar como un gran terremoto, que pone una pantalla en los ojos que impide que salgan las lágrimas y duelan los ojos de la acumulación, que tensa todo el cuerpo, que corta la respiración, un ser que no te deja indiferente. Da mucho, mucho miedo. Te mira a los ojos con esa expresión de asfixia, con esa mirada de terror, esa boca pidiendo ayuda. No hiela el ambiente a su paso, sino lo enciende como si te trasladase al mismísimo infierno. Y es que la sensación que produce el ser es de estar allí. Todas las luces se apagan, solo se ilumina su tétrica figura, y a su alrededor la nada. Se acerca, y siempre es rechazado. Y como una cinta elástica vuelve con más fuerza, para ser rechazado de nuevo. La voz de la experiencia grita impotente que le deje pasar, que es solo una fachada, una trampa. Da miedo, pero es completamente inocuo. La voz infantil niega una y otra vez, pensando que es muy fácil estar arriba, recoger datos, e intentar no repetir los errores la próxima vez, pero que es ella la que está en la puerta, frente a frente con el miedo, cara a cara con ese ser que la acosa.
- Confía
Dice la voz de la experiencia. La voz infantil cierra los ojos, coge aire, y lo expulsa mientras se deja fluir. Ve cómo se acerca el ser. Ese ser que tantas veces ha visto, pero que cada vez le hace temblar como la primera vez. Le mira, más cerca, más cerca. Está frente a la voz infantil, se queda quieta, como la roca que espera una gran ola. Y aquí llega.
- Lo hemos hecho muchas veces, no pasa nada.
Vuelve a hablar la voz de la experiencia, como siempre, desde arriba. La niña abre los ojos y mira al ser... De cerca lo reconoce, la reconoce, más bien. Es su vieja conocida la ansiedad. De cerca no da miedo, dan ganas de abrazarle muy fuerte. En sus ojos se perciben que su vieja conocida tiene más miedo que la voz infantil. Comprende entonces, la infante voz, que debe dejarle pasar. ¿A dónde? No lo sabe. Solo sabe que cuando deja entrar a la ansiedad a esa habitación, de repente el terremoto cesa, la marea se calma, y el cielo se despeja. Muy, muy lentamente, pero lo hace. La voz infantil sabe de sobra que volverá a negarle la entrada la próxima vez, porque sigue dando mucho miedo. Pero algún día confiará en la voz de la experiencia y lo entenderá. Solo necesita tiempo y cariño. Entonces vuelve a respirar, tan agotada que poco a poco le vence el sueño.
- Seguiré esperando a que lo comprendas.
Dice la voz de la experiencia, sabiendo que la voz infantil ya no le escucha.
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